“Como mujer, tuve que encontrar otra forma de quedarme en la ciencia”
Luciana nunca imaginó que su vocación científica acabaría por llevarla a abrir Beeko, su propio laboratorio de cosmética ecológica en Asturias. Pero, cuando comenzó la carrera de Química en Argentina, tampoco esperaba que el camino académico –en el que todavía daba sus primeros pasos–, estaría lleno de interrupciones, renuncias y decisiones difíciles marcadas por un sistema que, todavía hoy, sigue sin estar pensado para las mujeres. Y menos aún para las mujeres que maternan.
Este 11 de febrero, con motivo del Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia, la historia de Luciana pone voz a uno de los muchos recorridos de esfuerzo de mujeres que luchan por mantenerse en el ámbito científico. Desde Acción contra el Hambre, seguimos trabajando para acompañarlas de manera gratuita, personalizada y estructurada, para que su vocación pueda convertirse en su medio de vida.
Vocación científica
Desde muy joven, Luciana supo que lo suyo era el laboratorio. Le gustaba mezclar, experimentar. “Recuerdo una práctica, cuando aún era estudiante, en la que hicimos una esencia de banana. Ahí me di cuenta de que se podían crear muchísimas cosas, y eso fue lo que me atrapó”, cuenta.
Esta curiosidad le llevó a especializarse, a dedicarse durante años a la universidad como profesora e investigadora, y a construir una carrera sólida dentro del ámbito científico. “Me interesaba seguir la rama de Química Cosmética”, confiesa, “pero no existía esa especialización en la ciudad donde vivía, así que cuando me ofrecieron un doctorado en Ciencia de materiales, acepté.”
Sin embargo, la investigación necesita recursos. En Argentina, la financiación científica es inestable y depende enormemente del contexto político y económico. A esa incertidumbre estructural se sumó un cambio vital que cambió por completo sus prioridades: la maternidad.
Tan solo 24 horas al día para ser mujer, madre y científica
“Fui madre, y eso me cambió mucho. Quería vivir en un país donde mis hijos estuvieran tranquilos, y decidimos venirnos a España. Al llegar, hice una estancia de dos años en Madrid con una beca Marie Curie. Sabía que aquello era algo que tenía principio y final, y cuando llegó el fin, entendí que tenía que empezar algo nuevo”.
Además, en el entorno universitario, donde la productividad se mide casi exclusivamente por el número de publicaciones, la conciliación continúa siendo un desafío para las mujeres. “Quería dedicar más tiempo a mi hija y empecé a cuestionarme si ese era realmente el camino que quería seguir. Sentí que había una incompatibilidad muy fuerte entre ser madre y seguir siendo científica”.
El caso de Luciana no es una experiencia aislada. Las cifras lo confirman: las mujeres siguen estando infrarrepresentadas en la investigación científica en todo el mundo. En 2022, tan solo el 31,1% de las personas investigadoras eran mujeres, una desigualdad que se traduce en carreras precarizadas, trayectorias interrumpidas y una pérdida constante del talento femenino.
Beeko: Un camino alternativo
Fue entonces cuando una idea, aparcada durante años, empezó a tomar forma. La cosmética siempre le había interesado, pero nunca había podido explorarla como proyecto profesional. Emprender en ese ámbito le ofrecía algo que la academia ya no le garantizaba: “Me daba libertad y me permitía seguir investigando y hacer ciencia directa. Muchas veces, en la universidad, todo queda en un artículo científico. Aquí ves un producto final, algo tangible”.
Así nació Beeko, una marca de cosmética ecológica y consciente basada en ingredientes naturales, de cercanía y con valor añadido.
“Siempre intento que tengan una historia detrás. Por ejemplo, utilizo la magalla de la manzana de Asturias, un residuo que se produce en grandes cantidades después de prensar la manzana. Se generan toneladas y toneladas de pulpa cada año, y es una fuente muy rica en vitaminas y minerales, con muy buenas propiedades para la piel”, explica Luciana.
Conoce Beeko, cosmética responsable
Sin embargo, este salto al emprendimiento no fue sencillo. Venía del mundo universitario, pero no tenía experiencia en planes de empresa, modelos de negocio o estrategias financieras, cuenta Luciana entre risas. En ese momento, el acompañamiento de Acción contra el Hambre fue determinante.
“Varias personas me recomendaron el programa Vives Emprende, me puse en contacto con las técnicas y su ayuda fue clave: me enseñaron a estructurar todo, a hacer cuentas, a definir objetivos... Además, el acompañamiento es continuo: seguimos en contacto, se interesan por cómo va el proyecto y nos incentivan todo el tiempo.”
Hoy, desde Asturias, Luciana ha consolidado su laboratorio. Desarrolla sus propios productos y colabora con otras personas que llegan con ideas concretas, investigando activos y creando fórmulas a medida. Ha encontrado una forma de seguir haciendo ciencia sin renunciar a la conciliación, sin abandonar su vocación y sin quedar atrapada en un sistema que muchas veces expulsa a las mujeres cuando no pueden —o no quieren— cumplir con sus reglas.
Para las niñas y jóvenes que hoy se plantean dedicarse a la ciencia, el mensaje de Luciana es claro: no es fácil, pero no es imposible.